¿Te gusta más mamá o papá?

¿”Te gusta más tu padre o tu madre”? Escuché esta pregunta una y otra vez durante el divorcio de mis padres, tenía 8 años. Esa fue la curiosidad que asalta a algunos adultos y que obliga a un niño a responder. En mi cabeza en ese momento, sentí que tenía la obligación de responder, aunque no sabía la respuesta y no tenía sentido para mí. Y me entristecia cuando me “pedian” que tomara partido, porque eso es lo que estos adultos les piden a los niños cuando hacen esa pregunta. U otra, como: ¿”Quieres quedarte con el papá o con la mamá”?

Los hijos necesitan crecer mucho para saber ocupar bien ese lugar, como hijos. Y solo sabiendo ocupar ese lugar podrán disfrutar de los otros lugares que les ofrecerá la vida, como cónyuge, como padre, como profesional, como amigo / amigo.

No tiene sentido elegir a uno de nuestros padres, es como si eligiéramos solo una parte de nosotros y excluyéramos a la otra. Necesitamos todas nuestras partes. Son parte de nosotros. Somos hijos de ambos, también somos ambos.

¡Todos somos hijos! Conociendo a nuestros padres o no. Cuán fuerte es esta frase que nos habla de la supremacía de la vida sobre cualquier moral, creencia o expectativa. La realidad es la que manda. Esta realidad pensada y creada antes que nosotros mismos y que nos creó.

No nos queda más alternativa que ocupar nuestro lugar de pequeños frente a nuestros padres y también frente a algo más grande, que lo abraza todo. Este es nuestro primer lugar en esta vida. Tomar este lugar también es tomar la vida como un todo.

Y qué paradoja es estar en el lugar de hijos, de pequeños delante de sus padres, de la vida y de algo más grande, donde tenemos más fuerza para vivir, hacer y amar. Y así, al crecer, ocupar los demás lugares que vienen con el tiempo. Y es a partir de ahí que tenemos la mayor fuerza para rendirnos y sentir una alegría propia de quien está en sintonía con el todo.

Desde nuestro lugar, podemos asentir a lo que es, transformar, crear nuestro destino. Asentir nos pide una decisión, transformar, también.

Las paradojas también hablan de conexión. La conexión entre uno y el todo tan presente en cada momento: cada una de nuestras células contiene los cromosomas de nuestros padres que, al servicio de algo mayor, fueron atraídos por sus sistemas familiares, con vistas al equilibrio, compensación, reconciliación del pasado en el presente.

Lo que había pendiente y conflictivo de estos dos sistemas se une a través de este hombre y esta mujer y se fusiona en el hijo o la hija.

Como dice Brigitte Champetier de Ribes, “el hijo es la fusión desde la concepción y su primer gran éxito es amarse a sí mismo como es, por ser una unidad de la dualidad de padre y madre, unidad de dos sistemas familiares”.

Nosotros los hijos estamos al servicio de conciliar estos dos sistemas. Los hijos alcanzan la paz cuando son expresión de esa reconciliación, sirven a la unidad de la dualidad preexistente.

Dar vida a un hijo significa que en esta donación, los padres no pueden ser reemplazados por nadie más.

Así, es necesario que los hijos tomen a los dos padres en su corazón y en su vida, tal como fueron y son, sin preferencia por ninguno de ellos, al mismo tiempo, en igualdad de condiciones, sin diferenciación de relación o relación especial con cualquiera de ellos, para que su lugar de hijo, sea preservado y se observe la jerarquía y el respeto.

Si no acepto a uno de los padres, es porque no acepto a los dos padres. No tomo la vida. No disfrutaré de ninguno de mis otros lugares presentes o futuros con éxito, paz y realización.

Prescindamos de tomar partido entre el padre y la madre. Prescindamos de pedirle a los hijos que elijan entre padre y madre, prescindamos de la necesidad de nuestro ego de sentirnos mejor que el otro y veamos qué fortalece a los niños. ¿Qué fortalece a los hijos en general?: tomar a los padres. Independientemente del destino de la relación de pareja de sus padres. Este tema solo concierne a los padres y cuando se respetan, es bueno para todos.

Nídia Brito da Costa

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